18 de julio de 2006
Fuente: El Mercurio
¿Quién se atreve a decirle las cosas de frente a la Presidenta? ¿Quién, dentro de su equipo, es capaz de alzar la voz para manifestar su desacuerdo con ella? ¿Con quién se sienta a conversar y reflexionar acerca de lo que va -y le va- sucediendo? Sólo unos pocos y, probablemente, ningún ministro. Me atrevo a decir, de hecho, que aquí únicamente están su madre, su gran amiga y encargada de la agenda presidencial, y el director de comunicaciones del Gobierno. Quizás, y crecientemente, la ministra Veloso. Todas ellas, de seguro, personas capaces y hábiles, pero sin experiencia en las altas esferas gubernamentales y ajenas a las redes del poder político.
Tratemos de imaginar, por otro lado, cómo son las reuniones de gabinete. Debe haber muchas cosas que pasan por la cabeza de cada ministro, pero tiendo a pensar que la discusión es escasa, que todos intentan agradar a la Presidenta, que se evita el conflicto, y que las cosas importantes no se dicen ahí, sino que se conversan en los pasillos de palacio. Algo parecido debe ocurrir en las reuniones más pequeñas, con sólo algunos miembros del gabinete e, incluso, en las reuniones de la Presidenta a solas con un ministro.
¿A qué apunta este largo preámbulo? A un hecho simple, pero que a veces no vemos: más allá de las personas, es el gabinete, como grupo, el que no funciona. El fenómeno no es nuevo: basta con observar al Real Madrid, o a la selección de Brasil, o a muchos equipos de gerentes, o a los -¿anteriores?- dirigentes de la Alianza. La pregunta, entonces, es: ¿Por qué podría no funcionar un equipo? Respuestas posibles: por la incapacidad o inexperiencia de sus miembros, por los egos personales, por su excesiva homogeneidad o heterogeneidad, por la dependencia en la autoridad, por la escasez de confianza, por la falta de conducción.
En el gabinete de Bachelet hay un poco de todo, pero, fundamentalmente, nadie está liderando el equipo; no hay un Zidane. ¿Debería ser ella misma la conductora? Podría serlo, pero no es indispensable. De hecho, no siempre el capitán es el conductor, y ha habido grandes presidentes -Reagan, por ejemplo- y empresarios que han entregado esa labor a otros. En su caso, además, es difícil que lo sea, porque no tiene ni la experiencia ni los conocimientos suficientes, ni, por tanto, el ascendiente necesario. Es como el dueño de la pelota que quiere ser el conductor del equipo del barrio, pero no tiene la habilidad para ello.
Sé que es políticamente incorrecto decir esto, pero es la reali-dad, y nada peor que enfrentar la realidad escondiéndola. El conductor, por lo tanto, tiene que ser otro, y la incógnita es por qué nadie dentro del gabinete se erige como tal. ¿Qué pasó con Zaldívar? ¿Qué pasa con Andrés Velasco o con Foxley, o quizás Lagos Weber o Veloso? Todos gozan de una buena dosis de credibilidad entre sus pares y en la ciudadanía, pero no se han atrevido. Y aquí llegamos al fondo de la cuestión: la Presidenta no conduce bien el equipo, pero tampoco entrega la confianza necesaria a sus miembros para que ellos asuman roles más protagónicos. A diferencia de lo que ocurre con su política hacia los ciudadanos, que los envalentona, su política hacia los ministros los atemoriza.
Por lo tanto, más allá de las mejoras sectoriales que el cambio de gabinete pueda implicar -especialmente en Economía-, nada hace pensar que vayamos a ver un cambio sustancial, a menos que la Presidenta decida soltar la pelota. Tengámoslo claro: el problema fundamental no está en los jugadores, sino en el funcionamiento del equipo; no está en los ministros, sino en el funcionamiento del gabinete.
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