Pablo Larraín
Director de cine
Red Líderes revista El Sábado - U. Adolfo Ibáñez
Es muy diferente —a propósito del tan electoralmente abusado concepto de "igualdad"— que todos ganemos lo mismo, a que todos podamos ver con los mismos ojos un hecho relevante para nuestra cultura. Las reglas del mercado no pueden aplicarse en todas sus dimensiones al desarrollo cultural de Chile, ni mucho menos a productos de carácter artístico que jamás lograrían financiarse sólo con inversiones provenientes del mundo privado, ya que con frecuencia los proyectos que se realizan no son viables si se evalúan a través de un análisis puramente económico, por lo que llegan a existir, en casi todos los casos, solamente si se logra congeniar el mundo privado con el público.
Y aquí el desafío es grande, porque el Estado invierte menos del 0,5 por ciento de su presupuesto en los gastos asignados al flamante Ministerio de Cultura, una cifra irrisoria al lado de lo que gasta, por ejemplo, en defensa u obras públicas. Asimismo, la empresa privada tiene las manos atadas gracias a que la Ley de Donaciones Culturales fue reestructurada de tal forma que se hace muy difícil que una empresa destine fondos a un proyecto de carácter artístico o cultural. Desde el retorno a la democracia se ha avanzado sustancialmente, tanto, que hoy podemos discutir sobre el "cuánto" o sobre el "cómo", y no sólo sobre el "por qué". Sin embargo, son los poderes Ejecutivo y Legislativo los que tienen en sus manos el futuro de la inversión fiscal en esta materia. La correcta distribución del ingreso puede mejorar la calidad de vida de muchos chilenos, pero no garantiza que esos chilenos puedan tener el mismo acceso a disfrutar de la cultura, a entenderla ni mucho menos a generarla.
Y claro, primero garantizar un sueldo digno a todos los chilenos, pero a la hora de construir una súper carretera o de comprar un súper avión de guerra, nos quedamos con una súper incapacidad de que nos veamos como sociedad, que nos conozcamos y aprendamos de los otros, que nos acerquemos a nuestros complejos, virtudes y paradigmas, con libertad y contenido.
Y eso es precisamente lo que el arte hace por todos nosotros: nos muestra la belleza que hay en nuestro pueblo, nos enseña la capacidad que tenemos de explotar y exportar nuestra cultura, nuestra propia mirada sobre la realidad en la que estamos y en la que soñamos vivir.
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